Juan Antonio, en una de las gradas que él ha montado. :: E. BOTELLA
Camiseta cervecera y cansancio en los ojos. Juan Antonio se acerca y dice: «Me han dado el premio de consolación, que he llegado a 9,55 metros; casi 10», explica sonriendo. En uno de los descansos de su trabajo, montando sillas y gradas para el Entierro de la Sardina, se había acercado a la plaza Belluga a participar en el lanzamiento del hueso de oliva.
Este trabajador es de Sevilla y está en Murcia desde Semana Santa. «Me vine porque me salió un trabajo y allí la cosa está muy mal. Eso sí, no me esperaba que la gente de aquí fuera tan agradable», explica. Y es que en este caso, el refrán 'el que se fue a Sevilla perdió su silla', gira en su significado. Juan Antonio cree que lo importante es estar trabajando. «Me han contado que en Semana Santa, allí en Sevilla, no se 'curró' ni un día porque no salió casi ningún paso», recuerda.
Al ser preguntado por cómo vivió el Bando de la Huerta, responde con una palabra: «bestial». Piensa que es muy bonito que la gente se sienta de su 'patria chica'. «Es genial y admirable cómo la gente de Murcia se siente identificada con las cosas de su tierra. Aquí pasa un poco como en Sevilla, que somos muy de nuestra tierra», asegura. El trabajo no para en estas dos semanas de fiestas. Pasó la Semana Santa con sus tronos, dejamos atrás la explosión de huertanismo, pero aún queda enterrar a la sardina, para finiquitar el jolgorio. «Mañana (hablando de hoy) a las 7 de la mañana tenemos que estar arriba, que va a ser un día duro», cuenta Juan Antonio con una sonrisa en la cara.
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